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Sal del temor que te paraliza para crecer tu negocio… y tu vida

Sal del temor que te paraliza para crecer tu negocio… y tu vida

La fortaleza para hacer realidad grandes ideales.

 

¿Por qué hay tantas empresas que fracasan en México? ¿Por qué tantas otras que pudiendo crecer y generar empleos y mayor riqueza, se quedan en la medianía? ¿Por qué caemos fácilmente en una zona de confort y nos cuesta salir de ella? Son algunas preguntas sobre las cuáles trataré de dar luz en este artículo, para que cada uno saque ideas y las responda de forma adecuada.

¿Qué es el temor o miedo?

 

Es un sentimiento o tendencia que se genera ante un mal o peligro posible. Una pasión del ánimo que hace huir o rehusar las cosas que se consideran dañosas, arriesgadas o peligrosas. La consideración de los peligros que despiertan este sentimiento, si no lo orientamos adecuadamente, nos pueden hacer claudicar en la consecución del bien u objetivo propuesto.

Seguramente nos hemos topado con situaciones que nos llevan a cuestionarnos: “¿Y si fracaso?… ¿Si no consigo el objetivo?… ¿Si esa persona no lo hace bien o no puede?… ¿Si se equivoca?… ¿Si me engaña?… ¿Si me roba?… ¿Si copia mi idea?…”

El miedo al ser una tendencia sensible hay que encauzarlo por la razón. Lo que busca es alejarnos de un mal que creemos imposible de evitar o dominar y es aquí donde la inteligencia juega un papel esencial: ¿Realmente es así? ¿No hay forma de superar ese peligro o mal que se me presenta como imponente? Si temo perder a mi mejor cliente, o fracasar en un proyecto grande, o perder la salud, ¿no hay nada que pueda hacer ahora? Por supuesto que sí. La razón nos ayuda a tener objetividad y entender bien qué está sucediendo.

Indirectamente también se presenta el temor frente a un bien que nos puede causar un mal, como puede ser la autoridad. Esto ayuda a ver cómo el objeto temido se debe a una causa ajena a la persona que lo experimenta.

Consecuencias

 

La intensidad del temor es proporcional a la gravedad del mal y a la debilidad que sintamos frente a él. Tiene como causas el amor a lo que se teme perder y la carencia de autodefensa suficiente. Si hay algo que considero muy valioso, el temor, orientado por la recta razón, me debería llevar a poner los medios para cuidarlo bien. Si no lo hago es que no es tan valioso para mí y por eso no me he preparado para defenderlo. Alguien que temiera perder a su mejor cliente y no haya puesto los medios para atenderlo bien, como es visitarlo y conocer sus necesidades, sería señal de que no lo valora realmente o de que hay descuido y abandono del supuesto interesado: ha caído en la comodidad y apatía. A esto sí habría que temerle.

El temor tiene efectos orgánicos variados: temblor corporal, respiración alterada, sudoración, taquicardia, nervios en el estómago, opresión en el pecho, inmovilidad, etc.

Cuando no se ponen los medios para vencerlo, se puede atrofiar la afectividad. No es la única causa pero sí contribuye a generar estos malestares del ánimo:

  • Inseguridad
  • Timidez
  • Nerviosismo
  • Apatía
  • Dispersión
  • Aprehensión
  • Sentido de culpabilidad
  • Hiper-responsabilidad
  • Perfeccionismo
  • Irascibilidad

 

¿Se imaginan a un dueño de empresa experimentado estas atrofias? Puede llevar su negocio al fracaso, ya sea por falta de impulso al estar lleno de miedos que lo hacen lento y tardo para decidir y tomar acción, o porque el temor lo mueva a actuar impulsivamente, sin pensar bien las cosas.

Los peligros u obstáculos que se presentan, pueden hacer surgir dos tendencias: el temor o la temeridad. Y así la persona claudica en su deber o se deja arrastrar por una actividad desmedida y poco razonada.

La inseguridad, timidez, nerviosismo, apatía, dispersión, aprehensión, y el sentido de culpabilidad son efectos del miedo no encauzado por la razón, y pueden llevar a la parálisis, a posponer decisiones o no ejecutarlas porque el miedo al fracaso o a la adversidad se capta como insuperable o demasiado grande.

La hiper-responsabilidad, el perfeccionismo y la irascibilidad, pueden llevar a la temeridad: una falsa audacia que lleva a no confiar en los demás y no medir objetivamente los riesgos.

Solución: La fortaleza

 

La fortaleza es la disposición firme del ánimo en el cumplimiento del deber. Es un esfuerzo para superar los obstáculos exteriores e interiores que se presentan para logran un bien valioso.

Para vencer el temor, la fortaleza nos da la capacidad de acometer, sostener y resistir. Nada más lejos de una resignación pasiva. El acometer nos da audacia para alcanzar los bienes que nos hemos propuesto y saca nuestro mejor esfuerzo para avanzar en dirección de ese objetivo valioso y grande. Aquí podemos hablar de magnanimidad, grandeza de ánimo para realizar obras buenas, y magnificencia, la capacidad de movilizar recursos para el bien. El sostener nos da la capacidad de mantenernos intrépidos ante el peligro, pacientes para superar las dificultades y perseverantes cuando se requieren esfuerzos largos para llegar a la meta, manteniendo la constancia en el trabajo o proyecto emprendido. Con el resistir nos hacemos firmes y sólidos ante la dificultad.

Al resistir, se opone la cobardía, que es el miedo irracional ante los peligros o sufrimientos que la realización del bien lleva consigo. El cobarde huye, se esconde, se desentiende ante las dificultades. Se engaña pensando que el tiempo lo solucionará o que otra persona lo resolverá. El cobarde prefiere realizar proyectos y tareas pequeñas, por miedo a enfrentarse a los problemas.

Al sostener se oponen la impaciencia, que lleva a dejarnos dominar por las contrariedades, estallando en ira o llanto, en crítica o lamentaciones que acaban en el victimismo; la insensibilidad, que lleva a no inmutarse ante el sufrimiento propio o ajeno por falta de humanidad; la inconstancia, que lleva a desistir fácilmente de la práctica del bien al surgir las primeras dificultades; y la terquedad, que lleva a obstinarse y no ceder su opinión a pesar de múltiples elementos que le muestran lo equivocado de su proceder.

Al acometer se oponen la pusilanimidad, que es la enfermiza desconfianza en uno mismo que lleva a desaprovechar los propios talentos y cualidades; la presunción, que busca tener cargos o responsabilidades para las que no se tiene capacidad; la ambición, que impulsa a realizar obras grandes pero con un fin torcido centrado en uno mismo; la tacañería, que retrae de invertir o gastar lo prudente en obras valiosas; y el despilfarro u ostentación, que conduce a gastar excesivamente sin un motivo proporcionado.

El mando

 

Para que lo anterior baje del mundo de las ideas a la realidad, vamos a relacionarlo con un aspecto muy concreto de la acción directiva que es el mando, la ejecución, la puesta en práctica de lo que se ha decidido que debe hacerse para alcanzar un bien. En la medida que ese bien sea valioso y grande, el impulso debería ser mayor. Para esto me basaré en lo que Carlos Llano explica en su libro “Formación de la inteligencia, la voluntad y el carácter”.

Ejecutar es la principal acción que debe realizar un director. De nada sirve que se haya hecho un magnífico diagnóstico de una situación determinada, llegando a descubrir el problema de fondo, se hayan generado alternativas de solución y llegado a la decisión más adecuada, si no se pone en práctica.

La toma de decisión es un acto “interno”, pues está falto de acción. Si quiero salir de vacaciones y tengo varias opciones: la playa, la montaña, un lugar boscoso, un pueblo pintoresco o una gran ciudad; las analizo a detalle y decido ir a la playa, no serviría de nada si finalmente no fuera. Esto hace ver que la decisión debe trascender a la ejecución, al mando. Y en primer lugar a uno mismo y luego a los demás, para alcanzar lo que decidí que se lograse.

El mando es un ejercicio activo que requiere su contraparte: alguien que haga realidad lo mandado. Sólo hay mando cuando hay obediencia.

El dueño de empresa debe mandarse a sí mismo para ejercer una acción difícil, que es la de mandar a los demás, de modo y manera que quieran hacer aquello que se les manda, que quieran obedecer, no como robots sino como seres humanos libres e inteligentes.

¿Cómo lograr esta tarea ardua y difícil? Se requieren dos cualidades: constancia y fortaleza. Constancia para superar la prolongación en el tiempo de la obtención de ese bien valioso. Fortaleza para pasar por encima de las dificultades que se presentan para conseguir ese bien.

Pero, ¿por qué lleva tiempo alcanzar ese bien? Normalmente, si se trata de un bien valioso, la decisión conlleva un carácter magnánimo. Para alcanzar un bien fácil no se requiere mucho tiempo ni esfuerzo, pero tampoco se crecerá demasiado. Si quiero sacar un proyecto que me traerá un beneficio de 1% de mi inversión, seguramente no implicará mayor reto: quizá baste con llevar ese dinero al banco y obtendremos un rendimiento mayor. Ahora bien, si lo que busco es un proyecto grande, eso me implicará tiempo y esfuerzo, pero lo que busco es un beneficio mucho mayor.

La fortaleza es la virtud que ayuda al dueño de negocio a que en la ejecución de sus decisiones enfrente sin desánimo las dificultades y obstáculos que se oponen al logro de su objetivo.

Ya en el diagnóstico se deberían haber previsto las dificultades. Sin embargo en ese momento se veían como posibilidades y ahora, son realidad. Pero lo magno del proyecto, conlleva que haya grandes retos, y, a su vez, eso mismo magno es un motor poderoso para afrontar las dificultades. Cuando me planteo cosas grandes, atractivas, valiosas, eso me llena de energía para conseguir los objetivos. En este sentido, la fortaleza no es una vacuna contra las dificultades: se trata de un estímulo para nuestro ánimo temeroso.

Pero también hace falta otra cualidad: la confianza. Si quiero lograr que las personas hagan lo que deben hacer, debo confiar en ellas. El dueño de empresa, el capitán de nave, no debe imponerse despóticamente en todo momento, como si se tratara de un rey todopoderoso que quisiera hacer cumplir siempre su voluntad. Lo habitual es que cada persona sepa lo que debe hacer para conseguir llegar al objetivo, a buen puerto. Si no lo saben es porque al capitán le ha faltado elegir bien su tripulación, o porque no se ha exigido explicarles sus funciones. El capitán, da las directrices, define a dónde ir y los marineros quieren obedecer. Cuando el dueño de empresa confía en su equipo gana en autoridad y, entonces, el mando hace equipo, suma voluntades y enciende el deseo de conseguir ese gran objetivo.

La realidad es que es más fácil justificarse diciendo que los demás no saben o lo hacen mal, que el entorno político-social no es el adecuado, que hay crisis… Es más fácil dejarse llevar por el temor que enfrentar con decisión los retos. Es más fácil sentirse agraviado por una adversidad que sacar lo mejor de nosotros y nuestro equipo para salir adelante y crecer.

Algunas conclusiones. Otras más, las sacará cada uno.

 

El dueño de negocio busca por su misma esencia proyectos grandes, que generen riqueza tanto económica, como humana y social.

El temor o miedo no encauzado por la recta razón nos lleva a plantearnos metas pequeñas. Es por eso un ingrediente importante para el fracaso de tantas empresas y para la falta de profesionalización de muchas que apenas sobreviven.

El temor de suyo no es malo. Lo malo es paralizarse o empequeñecerse. Si encauzo el temor me hago audaz, magnánimo y fuerte para conseguir bienes valiosos.

La confianza es fundamental para realizar bien el acto de mandar.

El director debe saber generar una espiral virtuosa, de crecimiento: proyectos valiosos que lo lleven a confiar en su equipo, porque ha sabido seleccionarlos y formarlos para poder superar los retos y obstáculos que se presentan para conseguir ese bien magno.

El empresario, si verdaderamente es empresario y no sólo “negociante” de proyectos fáciles y fugaces, ha de aspirar no sólo a metas magnas sino máximas. Y la meta máxima es la perfección del ser humano, de él mismo, de su familia, de sus colaboradores, de su país. Este es el ideal más alto.

Bibliografía

 

  • Gran Enciclopedia RIALP. Voces: “Miedo”, “Temor”, “Fortaleza”.
  • Enciclopedia ESPASA-CALPE. Voces: “Miedo”, “Temor”, “Fortaleza”.
  • Llano Cifuentes, Carlos. “Formación de la inteligencia, la voluntad y el carácter”. Editorial Trillas.

 

Fernando Herrera Morones

20 de mayo de 2017

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